sábado, 12 de noviembre de 2016

Quiroga en el Paraná

Gruesas gotas desde arriba interrumpieron dos horas de profundo sueño. El hombre
abrió los ojos. Apenas pudo incorporarse. En medio de la nada, tembloroso, pidió
auxilio. Su cuerpo, empapado por la transpiración y la lluvia, pesaba aún más. No sentía
sus piernas. No veía con claridad. La fiebre comenzaba a imponerse. Reía sin parar.
Balbuceaba incoherencias. De pronto llorisqueaba. Movía lentamente su cuerpo 
balanceándose a un lado y al otro, con la mirada fija en un punto indeterminado. Les 
hablaba a sus cuatro perros, a sus gallinas preferidas, a su alazán. Desde el extremo de la canoa un gallo negro dirigía su destino. Y donde el Paraná se angosta cayó sobre sus espaldas. Cerró los ojos. Ya no llovía, ni había tormenta. El río era sereno y las costas... Los rayos del nuevo sol, nocturno, se lo llevaron.


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